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El tesoro de Cupisnique

C orría el año 1767, el Virrey Manuel de Amat, recibe la orden del Rey de España de expulsar a los Jesuitas del Perú y decomisar sus bienes. Los Jesuitas queriendo evadir la orden, procuran sacar sus riquezas a escondidas. Dichas riquezas eran monedas de oro, plata y un sin número de joyas, etc… En ese afán llegan a San Pedro de Lloc. Allí reciben informes de que la justicia del Virrey les estaba siguiendo los pasos. En su desesperación por no caer en manos de la ley, se internan por el desierto de Cupisnique, en donde entierran las riquezas, matan las 40 mulas y ellos desaparecen…

Desde entonces este fabuloso tesoro ha venido royendo las extrañas de los lugareños. Algunos han sido favorecidos al encontrar el tesoro, palparlo y hasta echarse algunas monedas al bolsillo. Pero de allí no han pasado, de manera que el tesoro permanece intacto a la espera de quién vaya a buscarlo.

 

El siguiente relato es de Vidal Zelada Medina… en una hacienda vecina a San Pedro cierto día desaparecio una yunta de bueyes. El patrón le dijo de frente al peón. ¡Venancio. . tú has vendido mis bueyes, si dentro de tres días no los haces aparecer lo hago llamar a don Collao. .! Venancio al oír eso de traer a don Collao, que era como considerarse hombre muerto, aunque uno sea inocente. Sin pensarlo dos veces se echó a buscar los bueyes. Movió cielo y tierra en busca de los bueyes pero no los encontró por ninguna parte.

Toda la familia de don Venancio se puso a buscar los animales. Al segundo día, después de una intensa búsqueda por los cercanos lugares, don Venancio se encaminó por Cupisnique, pensando que tal vez por allí los podría encontrar.

Cuando a eso de las cuatro de la tarde, entre dos cerrillos, encontró algo que lo dejó pasmado, no podía creer lo que sus ojos veían Unos capachos de cuero llenos de monedas de oro, plata y una infinidad de joyas, etc.. Pasado de su asombro, corrió de un lado a otro, tomando un poco de aquí y allá, hasta llenar sus bolsillos. Miró bien el lugar, puso unas marcas y regresó a su hogar haciéndose castillos en el aire.

Al llegar a casa, su esposa le esperaba con la feliz noticia que los bueyes habían sido encontrados. Al ver que su esposo sacaba monedas y joyas de su bolsillo a duras penas pudo resistir la idea de hacer una fiesta por tan venturoso día…

Don Venancio, después de considerar que había llegado el día de su buena suerte, agradeció al cielo por tan fabuloso tesoro. Alquiló una piara de burros y partió rumbo a Cupisnique en busca del tesoro. Pero al llegar al lugar que él había marcado, no encontró nada. Buscó y rebuscó por todas partes, pero de tesoro… tesoro te vuelvas… había desaparecido como por encanto…”

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